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ISSN: 1666–6186 / E-ISSN: 1853–3655

Cuaderno Urbano Nº36 | Año: 2023 | Vol. 36

ARTÍCULO

Habitar durante la pandemia: representaciones sociales sobre casa, barrio y ciudad en habitantes del periurbano de Mar del Plata

Living during the pandemic: social representations about house, neighbourhood and city in inhabitants of the peri-urban area of Mar del Plata

Viver durante a pandemia: representações sociais sobre casa, bairro e cidade em habitantes da periferia urbana de Mar del Plata

Federico Agustín Oriolani

Dr. en Ciencias Sociales (UNLP). Lic. en Sociología (UNMDP). Becario doctoral del CONICET con lugar de trabajo en el Instituto de investigaciones sobre Sociedades, Territorios y Culturas (ISTeC). Integrante del Grupo de investigación de Estudios Socio Urbanos (GESU). Docente en la Facultad de Psicología y en la Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP).
federicooriolani@gmail.com
ORCID: 0000-0003-4868-1354

Resumen

En el artículo se comparan las representaciones sobre casa, barrio y ciudad, realizadas por habitantes de urbanizaciones populares y cerradas ubicadas en el periurbano sur de Mar del Plata, en el marco de las medidas de aislamiento social debido a la pandemia por COVID-19. Se plantea que, en tiempos de confinamiento, se reconfiguran sentidos espaciales y se generan contrastes significativos entre clases sociales y géneros. Se muestra cómo a partir de estas escalas se pueden problematizar los modos desiguales de habitar y experimentar la ciudad, en personas que habitan áreas periurbanas. Habitando en urbanizaciones disímiles y cercanas, las representaciones espaciales se ven atravesadas no solo por el acceso desigual a infraestructura, bienes y servicios, sino también por las habilidades de las personas para moverse, los conocimientos para gestionar permisos y traspasar retenes. Así, las escalas antes mencionadas emergen como categorías clave para comprender la experiencia de habitar desde el periurbano.

Palabras clave

Representaciones sociales; casa; barrio; ciudad; periurbano.

Abstract

In the article, I compare the representations about house, neighbourhood and city, made by inhabitants of popular and closed urbanizations located in the southern peri-urban area of the city of Mar del Plata, within the framework of social isolation measures due to the COVID-19 pandemic. I propose that, in times of confinement, spatial meanings are reconfigured, generating significant contrasts between social classes and genders. I show how, from these scales, the unequal ways of inhabiting and experiencing the city can be problematized by people who inhabit peri-urban areas. Living in dissimilar and nearby urbanizations, spatial representations are crossed not only by unequal access to infrastructure, goods and services, but also by people’s ability to move, the knowledge to manage permits and cross checkpoints. Thus, the scales house, neighbourhood and city emerge as key categories to understand the experience of inhabiting the city from the peri-urban.

Keywords

Social representations; house; neighbourhood; city; peri-urban.

Resumo

No artigo comparo as representações sobre casa, bairro e cidade, feitas por habitantes de urbanizações populares e fechadas localizadas na periferia sul urbana de Mar del Plata, no marco das medidas de isolamento social devido à pandemia de COVID-19. Proponho que, em tempos de confinamento, os significados espaciais sejam reconfigurados, gerando contrastes significativos entre classes sociais e gêneros. Mostro como, a partir dessas escalas, podem ser problematizadas as formas desiguais de habitar e vivenciar a cidade pelas pessoas que habitam áreas periurbanas. Vivendo em urbanizações díspares e próximas, as representações espaciais são atravessadas não só pelo acesso desigual a infraestruturas, bens e serviços, mas também pela capacidade de deslocação das pessoas, pelo saber gerir as autorizações e cruzar os postos de controle. Assim, as escalas casa, bairro e cidade surgem como categorias-chave para compreender a experiência de viver do periurbano.

Palavras chave

Representações sociais; casa; bairro; cidade; periurbano.


DOI: https://doi.org/10.30972/crn.36367226


 

Introducción

La incidencia de las restricciones a la circulación a partir de las políticas públicas para enfrentar la pandemia de COVID-19 pusieron de manifiesto una serie de desigualdades sociales, espaciales, de género, generación, vinculadas con el modo en que habitamos las ciudades. La movilidad, como eje rector de las sociedades en que vivimos (Sheller & Urry, 2006), debió hacerse de otro modo, con otros dispositivos —moverse sin desplazarse (Gutierrez, 2012; Seller & Urry, 2006; Urry, 2007)— o moverse sin ser visto, ni detectado —en los casos no permitidos—. Esto constituyó un desafío para los/as residentes de áreas periurbanas, y demandó una serie de cambios en las prácticas para garantizar la reproducción de la vida cotidiana.

Enmarcados en este proceso, en el artículo se comparan las representaciones sociales sobre casa, barrio y ciudad, realizadas por personas que habitan urbanizaciones cerradas y populares ubicadas en el periurbano sur de la ciudad de Mar del Plata, durante las políticas de aislamiento social. Se reconstruye cómo los/as habitantes de la periferia marplatense expresan estas escalas como espacialidades interconectadas y producidas a partir de prácticas de movilidad interrumpidas, prohibidas, denegadas, escondidas, posibles.
En los últimos años, un conjunto de investigaciones que se enmarcaron en “el giro de la movilidad” (Sheller & Urry, 2006) la abordaron como una forma de observar la articulación y combinación de posiciones, distancias y desplazamientos en la vida urbana (Segura, 2012). Las personas residen en espacios particulares, pero se mueven y desplazan por la ciudad a partir de otros dominios vinculados con el trabajo, la recreación, los lazos de parentesco (Hannerz, 1986; Segura, 2019). Durante la cuarentena obligatoria, las restricciones para desplazarse remarcaron los límites barriales y los modos desiguales de habitar la ciudad.

Poner el foco en estas escalas no debe entenderse como la interrogación por espacialidades aisladas, autónomas, sino como productos de la interconexión y el movimiento, como categorías producidas, reproducidas y transformadas a través de las prácticas cotidianas de sus habitantes (Segura, 2019). Además de conectar, las movilidades recrean fronteras y barreras (Caggiano & Segura, 2014). Como señalan Imilán et al. (2015), las prácticas de movilidad permiten comprender la experiencia del habitar como un continuo que articula diferentes escalas —tanto la vivienda, el barrio como la ciudad—. En este caso, no se profundiza en las prácticas de movilidad, sino en las representaciones espaciales que emergen a partir de la reconfiguración de los modos de desplazarse en tiempos de confinamiento.

El trabajo de campo fue realizado en el marco del proyecto PISAC-COVID-19 “Flujos, fronteras y focos. La imaginación geográfica en seis periferias urbanas de la Argentina durante la pandemia y la pospandemia del COVID-19”, dirigido por Ramiro Segura. Uno de los nodos que conformaron el equipo fue Mar del Plata, en el que se realizaron treinta entrevistas semiestructuradas distribuidas en tres tipologías barriales ubicadas en el área de expansión sur. Tomando como referencia las urbanizaciones cerradas y populares abarcadas en este proyecto, se comparan los sentidos espaciales en tiempos de confinamiento obligatorio. En términos de Lindón et al. (2006), el espacio considerado como texto debe ser estudiado a través de los sentidos y significados que las personas le otorgan. Desde esta perspectiva, se recuperan las representaciones relacionadas con la experiencia espacial (Lindón et al., 2006) que emergen de los relatos de los/as entrevistados/as y que permiten comprender los modos desiguales de habitar la ciudad, el barrio, la casa, en residentes de áreas periurbanas clasificados a partir de la urbanización —privada o popular— donde viven.

Con esta finalidad, el artículo está estructurado de manera analítica en tres apartados: en la primera parte, se comparan las representaciones referidas a las casas, mostrando las tensiones y los modos de definir el espacio habitado a partir del período de confinamiento. Posteriormente, se enfocan las referencias al “barrio” y las posibilidades y limitaciones que se expresan en los relatos. Por último, se aborda la representación de la “ciudad” a partir de prácticas habituales que, durante la pandemia, cobran otros sentidos o refuerzan aspectos desiguales preexistentes.

Zona del periurbano y barrios seleccionados

Mar del Plata, ciudad costera y cabecera del Partido de General Pueyrredon, se encuentra ubicada en el sudeste de la provincia de Buenos Aires. Desde su fundación a finales del siglo XIX, presentó una alta concentración urbana (Núñez, 2011). Su constitución como ciudad turística, primero para las elites porteñas de principios del siglo XX y luego para el turismo masivo que se consolidó en las décadas de 1950/60 (Pastoriza, 2008), generó una dinámica particular de la ciudad, no solo en términos socio-económicos, sino también espaciales, y se conformaron históricos enclaves barriales de elite y otros de clases trabajadoras.

Si bien el proceso de periferización de la ciudad muestra una constante a lo largo del siglo XX, durante las últimas décadas estuvo signado por la expansión de tipologías residenciales diversificadas. En este contexto, la principal zona de mayor crecimiento y heterogeneidad social fue el periurbano sur, en donde la expansión poblacional estuvo motorizada por la consolidación de barrios populares, la proliferación tardía de barrios cerrados y la densificación de los barrios costeros mayormente vinculados con construcciones financiadas mediante el Programa de Crédito Argentino (ProCreAr)1. En este sentido, el periurbano sur presenta una heterogeneidad poblacional en una distancia espacial relativamente cercana pero simbólicamente alejada por cercos perimetrales, seguridad privada, controles policiales que dividen zonas populares, barrios de clase media y countries.

Esta zona del periurbano tuvo un proceso de transformación socioespacial muy abrupto, al presentar marcados déficits de acceso al transporte público, infraestructura pública, acceso a bienes y servicios, comercios y áreas de abastecimiento. Esta situación se expresó en la etapa de confinamiento, que encontró a estos sectores sociales en un proceso constante de expansión y con problemáticas sociales diferenciales enmarcadas en relación con las formas de acceder al suelo y la vivienda. En este artículo se recupera esta conflictividad social a partir de las representaciones que los/as habitantes de los distintos enclaves barriales hacen en torno a las escalas casa, barrio y ciudad. Para ello, se contrastan los relatos de personas que habitan en barrios populares —Nuevo Golf y Parque Independencia, constituidos recientemente sobre tierras privadas e inundables, con escaso acceso a bienes sociales e infraestructura pública— con los privados —Rumencó (la primera urbanización cerrada de Mar del Plata, inaugurada en 2007), Las Prunas y Arenas del Sur—.

La pregunta por las formas de representar estas espacialidades se presenta significativa a partir de este cambio de contexto que restringió los desplazamientos, proceso que llevó a una reconfiguración de las prácticas y modos de habitar. En este sentido, problematizar estos espacios interrelacionados y construidos de manera interdependiente permite observar las formas en que son experimentados esos cambios, y entender las prácticas discursivas como constitutivas de estas espacialidades (Segura, 2015). De modo que, tal como señala Segura (2015), las representaciones no son únicamente una actualización de un modo de operación o de un esquema preexistente, sino que también son instancias constitutivas de la vida social. En estos términos, el análisis de las categorías espaciales nos da herramientas para pensar el impacto de la pandemia en los modos de habitar de residentes asentados en el periurbano marplatense.

La casa como expresión de tensiones, conflictos y (des)protección

La referencia de los/as entrevistados/as en relación con la casa presenta grandes diferencias, no solo por las desigualdades materiales, sino también por el impacto de estas sobre el cuidado, las formas de cuidarse y los/as encargadas de realizar las tareas de cuidado. Si bien estas tensiones son preexistentes a la pandemia, la situación de confinamiento produjo una reactualización y redefinición de estas problemáticas a partir de la transformación de la casa como un lugar donde se superponían distintas actividades de manera permanente, al tiempo que se profundizaban las dificultades para cuidar. En los sectores populares esta situación se expresaba a partir de la suspensión del funcionamiento de algunos espacios comunitarios que las personas tramaban cotidianamente, como una especie de infraestructura política producida por las familias y las diferentes organizaciones sociales, instituciones y ONG que operan en territorio. Aunque también, y con otros impactos e implicancias, el cuidado en los sectores sociales medios-altos puso en tensión hacia el interior de las unidades domésticas el beneficio de “no salir” y la presencia continua de sus habitantes.

En este sentido, en los/as entrevistados/as que habitan barrios cerrados, la reducción de los desplazamientos hacia la ciudad para ir al trabajo, llevar los/as hijos/as a la escuela, hacer las compras es expresada como una situación beneficiosa. No salir de casa durante los primeros meses del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) es representado como una situación que genera comodidad. Evitar los viajes significa economizar en tiempo y reducir las distancias espaciales. Sin embargo, esta comodidad expresada en la suspensión de los desplazamientos es puesta en tensión cuando se refieren a la superposición y solapamiento de tareas en la casa.

Mario, de 47 años, vive en Rumencó desde 2019, junto a sus dos hijos/as adolescentes y su esposa. Para el entrevistado, las consecuentes restricciones a la circulación lo llevaron a reconfigurar su trabajo, que empezó a hacer desde su casa mediante la modalidad home office. Esta situación resultó provechosa en términos de productividad, debido a que no debía desplazarse hacia otro lugar: aunque tiene vehículo para hacerlo, antes de la pandemia el trabajo le demandaba mucho tiempo para ir al centro donde se encontraba su oficina, estacionar, volver. Tiempo de movilidad que el nuevo contexto redujo al posibilitarle la realización de su actividad laboral desde su casa.

También Viviana, de 33 años, realiza una apreciación similar. Vive en Rumencó desde 2015, lugar que representa como “tranquilo y seguro”. Aunque esa comodidad la contrasta con las dificultades vinculadas con las distancias espaciales entre la casa y el trabajo. Antes de la pandemia, recuerda distintos episodios en los que debía “hacer tiempo” entre actividades, tenía que “quedarse en un café” en el centro porque no podía volver a su casa por el tiempo que le demandaba hacerlo. Este recuerdo de lo que implicaba la vida prepandemia se simplifica con el nuevo contexto. “Estas en tu casa y ya está”, menciona Viviana resumiendo la idea de alivio que significa su casa como lugar de realización del trabajo remunerado.

Al mismo tiempo, Mario señala las complejidades que significa la presencia asidua de sus hijos/as en la casa. Esto le resulta una problemática porque tienen “mucho tiempo libre”, algo que “activa fiacas ocultas”. Es decir, tanto para él como para sus hijos/as existe una reducción del tiempo destinado a las actividades cotidianas, aunque la evaluación que realiza Mario tiene diferentes resultados: en su caso, el hecho de no salir es favorable porque anula la distancia espacial casa-trabajo, mientras que la situación de que sus hijos/as tengan más tiempo libre, y estén más tiempo en la casa, significa algo perjudicial. De este modo, en la perspectiva del entrevistado, el espacio habitado pasa a ser un lugar prioritario para el trabajo remunerado, donde hay que regular el tiempo libre y de ocio.

Para Rosana, 33 años, habitante de Rumencó, la pandemia significó una ruptura que se expresa en el “disfrute de la casa” y, al igual que Mario y Viviana, remarca que el problema de la distancia espacial quedaba solucionado. Aunque, con el avance de la cuarentena, se transformó en algo “agotador” debido a la superposición de tareas en un mismo espacio. En este sentido, “trabajar desde casa” resultaba “favorable”, pero cuando el cuidado irrumpía en esa nueva dinámica de home office, emergía el conflicto al demandar mayor atención en una prolongación del tiempo destinado a estas y en una superposición constante de los trabajos. En este caso, la doble presencia (Torns et al., 2002) de mujeres se expresa en esa sensación de la casa como algo “agotador” al yuxtaponerse las actividades laborales con las de cuidados.

Por su parte, para algunos/as entrevistados/as, la emergencia del confinamiento fue asociada a una situación de “vacaciones forzadas” en la casa. Esta referencia hace Juan, de 38 años y habitante del barrio privado Las Prunas, constituido recientemente. Sobre los primeros meses de ASPO, menciona lo siguiente:

Como que tenés más tiempo para estar con ellos. Eso estuvo bueno. De hecho, creo que la primera parte, en marzo, en Mar del Plata estuvo bastante bueno el clima y tenemos una pileta. Entonces eso ayudó. Fueron, también para los chicos, como unas mini vacaciones al principio. Pero después se fue haciendo más pesado el hecho de contener la ansiedad. (Juan, barrio privado, 2021)

Al principio de la cuarentena, las comodidades de la casa les permitieron a Juan y a su familia vivenciar su espacio habitado como un lugar de disfrute y descanso, al significar la primera parte de la cuarentena obligatoria como unas “minivacaciones”. Aunque, con el tiempo, la prolongación de esta situación produjo tensiones hacia el interior de la casa, cuando no finalizaba ese tiempo extraordinario graficado mediante la figura de “vacaciones” —como un período delimitado y de descanso—.

De este modo, la casa se presenta como un lugar de reacondicionamiento y de oportunidades vinculadas con la racionalización del uso del tiempo con respecto a la relación lugar habitado-lugar de trabajo/educación/recreación. Sin embargo, las dificultades emergen cuando ese tiempo “ganado” se expresa en otras cargas relacionadas con el cuidado, situaciones que recaen primordialmente sobre mujeres, quienes ven recargadas sus responsabilidades y superpuestas sus actividades de trabajo remuneradas con las no remuneradas. Muchas de estas sobrecargas en los cuidados se presentan como resultado del desdibujamiento de los límites del horario de trabajo remunerado, que tiende a extenderse en el tiempo y solaparse con las otras actividades cotidianas.

En los/as habitantes de los barrios populares entrevistados/as, las representaciones con respecto a la casa se apoyan en una situación de riesgo y desprotección, como un lugar incompleto que requiere necesariamente la salida de sus habitantes para la reproducción de la vida cotidiana. No solo para generar un ingreso económico, sino también para garantizar el acceso a recursos alimenticios distribuidos en espacios comunitarios.

En este período, en el que salir —en muchos casos— era objeto de controversias, denuncias y persecuciones, los sectores populares debieron desplazarse a pesar de los riesgos sanitarios a los que se exponían y las dificultades para hacerlo. La tensión entre salir y cuidarse es representada en la casa a partir de los objetivos de las salidas: en el caso de Laura, de 28 años y madre de cinco hijos con los que vive junto a su esposo en Nuevo Golf, distingue entre las salidas necesarias y las peligrosas. La entrevistada no dejaba que sus hijos/as estén “ni en la vereda” porque tenía “miedo” de que se contagien. Estas formas de estar “fuera de la casa” son diferentes de las de su marido, quien sale a buscar trabajo, a “buscar changas”. Salidas negadas —los chicos en la calle, estar en la plaza, ir a lugares con mucha concentración de personas— son situaciones remarcadas por Laura y muestran la centralidad de la casa como un lugar de protección. Aunque las salidas “necesarias”, que se configuran como las “posibles”, son fundamentales para la reproducción de la familia y no llevan la carga de peligrosidad, como las otras. Estas jerarquías en torno a las formas de salir y los modos de hacerlo, establecidas por criterios de necesidad y cargadas con valoraciones referidas al peligro y la posibilidad de contenerlo —cuando entra el que “sale a trabajar”, lo hace dejando la ropa afuera, y es rociado con alcohol en la puerta— refuerza a la casa como un lugar de cuidados, a pesar de no constituirse en su plenitud por el déficit habitacional y por la necesidad de salir. Esta cualidad de incompleta surge en relación con la “imposibilidad de quedarse”, tal como lo menciona Yamila, de 25 años y habitante de Nuevo Golf. No poder quedarse no solo significa tener que salir a trabajar por encontrarse la mayoría con empleos no registrados y precarios, sino también por la necesidad de ir a buscar recursos a comedores, merenderos y roperitos barriales. En este sentido, la casa, como un lugar producido de manera interdependiente (Marcelin, 1999) a partir de estas conexiones cotidianas, se encontraba en crisis a causa de la reducción de los desplazamientos y de los lugares donde es posible estar.

De este modo, el aislamiento es señalado como una situación forzada y “horrible” en términos de Marisa, quien tiene 52 años y vive en Nuevo Golf junto a su pareja e hija menor. En relación con esto, la co-presencia de su pareja en la casa y la permanencia cotidiana de su hija es lo que la “vuelve loca”, debido a la falta de espacios divididos en la vivienda, algo que le resulta incómodo en tiempos de confinamiento, en que “estar aislado” no es una decisión sino una imposición a partir de los controles barriales y persecuciones que mencionan los/as habitantes.

Por su parte, en algunos casos la casa también emerge como oportunidad, pero vinculada con estrategias políticas y lo comunitario, como señala Nadia, de 50 años, quien forma parte de una organización social. En el contexto de pandemia, decidieron junto a su esposo poner en funcionamiento un comedor para repartir viandas. Si bien esta superposición de lo político y lo doméstico es preexistente a la pandemia, durante el confinamiento se incrementaron las cantidades de casas que funcionaban como “comedores”, aunque la estrategia de distribución de recursos se consolidó mediante la modalidad de “viandas”, con la intención de evitar la permanencia de los/as vecinos/as en estos espacios. De esta forma, la casa se constituye como un lugar en constante tensión con las medidas de aislamiento y el modo de habitar de los sectores populares que traman y producen su hábitat a partir del vínculo permanente e interdependiente con otros lugares y actores.

El barrio. Entre el peligro y la seguridad

La categoría barrio emerge como un canalizador de identidad de clase o como un referente de la distancia no solo espacial —con respecto a la ciudad—, sino también social —en cuanto a los recursos y capacidades con los que cuentan los/as habitantes para desplazarse—. En este sentido, las representaciones con respecto al barrio varían sustancialmente en relación con los peligros que se detectan, la persistencia de problemáticas previas a la pandemia o el redescubrimiento de los beneficios de habitar en esos espacios barriales.

En el caso de los/as habitantes de urbanizaciones populares, la nueva dinámica social implicó cambios en los modos de desplazarse que llevaron a habitar de otra forma “lo barrial” y evitar “sus peligros”. A veces, estas modificaciones de la cotidianidad se daban a partir de hechos forzados, como es el caso de la familia de Laura, a quienes durante la pandemia le secuestraron el auto “por falta de papeles”, cuando circulaba en horario restringido por las medidas del ASPO. Este hecho empujó a Laura a reelaborar sus circuitos y tareas para solucionar las necesidades de su hogar. En relación con ello, una de las variaciones sustanciales fue la realización de las compras habituales en comercios barriales, situación que la hizo redefinir los desplazamientos en circuitos de proximidad y frecuentar lugares a los que antes de la pandemia no iba habitualmente. El reforzamiento de los desplazamientos intrabarriales es analizado por Laura como algo desventajoso, debido al miedo que le producía la negligencia de sus vecinos/as, que “no respetan las medidas de cuidado”.

Entonces, si bien la casa se presenta como un lugar de (des)protección por no contar con el acceso a los servicios e infraestructura necesaria para afrontar las medidas de aislamiento, también se representa como un espacio de protección con respecto a un exterior barrial peligroso. El umbral entre la casa y el barrio es reforzado para demarcar el lugar del cuidado y el lugar de lo riesgoso.

Así como se establece una idea de inseguridad vinculada con lo barrial, focalizada en los espacios públicos y en los/as jóvenes como los/as que no se cuidan, el reforzamiento de la frontera entre el barrio y la ciudad mediante los retenes y controles policiales produce otra referencia vinculada con las dificultades para salir de allí. En muchos casos, este problema generado por la ausencia de alguno de los requisitos para circular —como la tenencia del Certificado Único Habilitante para Circular durante el ASPO1, la falta de papeles de los vehículos propios— son percibidos como obstáculos para la salida del barrio. Los relatos sobre este reforzamiento de la frontera adentro-afuera constituyen un punto sustancial en la redefinición de nuevas prácticas y modos de moverse para sortear esas barreras. Estas modificaciones en los desplazamientos debido a las dificultades para hacerlo contribuyen a la representación del barrio como un lugar “aislado” y “alejado” que, al aumentar los controles y retenes, la distancia espacial con la ciudad se pronuncia.

Esta sensación de “aislamiento” es generada a partir de determinadas prácticas de seguridad y controles (o la ausencia de estos). Así menciona Marisa, de 52 años y habitante de Nuevo Golf, su experiencia durante el confinamiento:

A nosotros nos tuvieron acá diecisiete días sin salir porque supuestamente tuvimos con uno que tenía Covid, eso, y nos encerraron acá y no podíamos salir. Y él se escapaba igual a salir a laburar todo, y lo traían a la policía. (Marisa, barrio popular, 2021)

Como menciona Marisa en su relato, el ASPO es representado como una situación de confinamiento barrial que se agrava a partir de la detección de un caso de COVID-19 en las inmediaciones de su casa. Por este hecho, la entrevistada señala que el aislamiento estricto se extendió a todo el barrio, como una situación de encierro generalizada y reforzada por la actuación policial. En este sentido, la urbanización popular se presenta como una casa que es aislada ante la aparición de un “infectado”.

Por su parte, la vida barrial es relatada como una continuidad de la prepandemia, aunque las restricciones a ciertas prácticas incidieron en la redefinición de las evaluaciones que los/as habitantes hacían sobre estas. El incumplimiento de las medidas es focalizado en determinadas partes de la urbanización popular por medio de acciones que son presentadas como indebidas —“fiestas clandestinas”, “jugar al fútbol”, “tomar del pico de la botella”—. Estas representaciones son expresadas en el testimonio de Anabella, de 40 años y madre de Juana, de 17 años, al mencionar que su hija, junto a sus amigas, iba a todas las “fiestas clandestinas”. La figura de “clandestinidad”, que se construyó a partir de la prohibición de reuniones en casas y eventos masivos, es usada para señalar el incumplimiento habitual de las medidas de cuidado estipuladas por el ASPO y el DISPO. En tanto, Nadia, de 52 años, señala:

Se ve en la calle jóvenes tomando cerveza. Acá todos los sábados pasan todos los pendejeríos, chiquitos tomando con las botellas y a los gritos, peleas. Así que no se ha terminado eso, sigue igual como antes de la pandemia, igual, estamos en pandemia, sigue igual. No se cambió nada (Nadia, barrio popular, 2021).

Para Nadia, la vida barrial conserva un ritmo que se contrapone al del nuevo contexto sanitario. El problema pre-pandemia que significaba la presencia asidua de jóvenes en la calle y en la plaza tomando alcohol y las peleas que se generaban ocasionalmente no se solucionó en época de confinamiento. Si la “entrada y salida del barrio” es representada como movilidades controladas, la vida intrabarrial es significada como descontrolada por la poca regulación de estas prácticas por parte de los agentes de seguridad, situación que refuerza la idea de barrio como una “gran casa”, regulada en los movimientos de salida, pero no en los que se realizan hacia su interior.

En relación con los/as habitantes de urbanizaciones cerradas, el barrio se constituye como un lugar de disfrute, comodidad y tranquilidad. Los límites establecidos por cercos perimetrales y seguridad privada preexistentes a la pandemia son representados como elementos que permiten aislarlos del peligro. En este sentido, es un lugar de protección y seguridad y al que se valora por su entorno “verde”.  Así lo destaca Mariana, de 33 años, habitante de Rumencó. En su relato, lo presenta como una prolongación de la casa, al revalorizarse las cualidades de vivir en una urbanización cerrada como un espacio “aislado” que permite el disfrute. A diferencia de los barrios populares, la “aislación” es un aspecto positivo y beneficioso del barrio, características que se refuerzan en tiempos de pandemia.

Asimismo, el estar “aislado” emerge como una característica que posibilita la realización de prácticas que en otras partes no están toleradas. Lucas, de 28 años, estudiante universitario, se mudó durante la pandemia a la casa de su mamá, en el barrio privado “Las Prunas”. La decisión de hacerlo estuvo motivada porque “no tenía que moverse, y adentro podías salir a correr, a caminar”. Es decir, las restricciones a desplazarse lo llevaron a valorizar de otro modo el lugar habitado: la suspensión de las actividades que implicaban la realización de un desplazamiento lo volcaron a decidir habitar un lugar donde la variable distancia espacial ya no incidía. En este sentido, Lucas representa al barrio privado como un lugar de posibilidades para la realización de actividades al “aire libre” y la continuidad de acciones que, en el contexto del ASPO, estaban restringidas. Así, moverse dentro del barrio pero fuera de la casa es una práctica que no reviste inconvenientes ni peligros, y permite conservar la práctica de determinadas actividades, como “salir a correr” o a “caminar”. La idea de “separación” del barrio de la ciudad no solo es expresada en términos materiales —mediante límites y seguridad privada—, sino también en términos prácticos: dentro de la urbanización cerrada se pueden hacer cosas que en otras partes no. Si en el barrio popular la ausencia de regulación de las prácticas hacia su interior es vista como una continuidad de las prácticas “peligrosas” y “negligentes”, en el privado es representada como un beneficio y como un recurso “saludable”.

Esta separación y aislación como aspectos positivos también es representada por Juan mediante la idea de “burbuja”. El barrio, como una “burbuja”, impide el contagio y el peligro, y habilita la realización de actividades al aire libre. Esta posibilidad de hacer y sentirse seguros también la establece en relación con la percepción de los estados de ánimo de las personas.

Lo que es totalmente difícil de Mar del Plata son los contrastes que hay cuando salís para afuera de la ciudad. Yo no ando mucho porque trabajo en casa, pero cada vez que voy al centro y veo… O percibo el estado de ánimo de la gente, las caras, te das cuenta que la gente la está pasando heavy. Y bueno, eso es bastante shockeante. Sobre todo, por eso te nombraba lo de la burbuja, porque acá es otra realidad completamente diferente (Juan, Barrio privado, 2021)

En términos del entrevistado, la “burbuja” no solo representa una delimitación espacial, sino también refiere a un estado de ánimo. La percepción de sentirse aislado de la realidad, de poder sobrellevar la pandemia en su barrio con seguridad, tranquilidad, disfrute, es referenciada desde la actitud y la disposición, de lo “mal que la están pasando” los que no acceden a las mismas comodidades que él. De este modo, en los relatos surgen contrastes sobre las representaciones sociales referidas al barrio, aunque apoyadas en el mismo eje: la aislación como factor positivo o negativo que da satisfacción o incrementa el riesgo.

Lo lejano y lo evitable: las representaciones sobre la ciudad

Como señala De Certeau (2000), a partir de las prácticas de desplazamiento, las personas producen espacialidades. Este modo de producir cotidianamente los espacios es generado de manera desigual, y en habitantes de las periferias demanda un conjunto de arreglos económicos, temporales y de coordinación influidos por la distancia espacial generada entre el lugar de residencia y los lugares de trabajo, educación, recreación, consumo, trámites. Este eje es sustancial para pensar el modo de experimentar la ciudad y los circuitos diarios que miles de personas realizan habitualmente. Situaciones que durante la pandemia se vieron reconfiguradas.
Para los/as habitantes del periurbano sur de Mar del Plata, la ciudad se presenta principalmente referenciada a la zona céntrica y turística, y es el lugar donde se localiza el mayor movimiento —en algunos casos vinculados con lo peligroso y relacionado con la multitud—, y que hay que evitar. En otros casos, es un espacio urbano que hay que alcanzar durante la pandemia y representa la oportunidad, pero también, lo lejano. Estos contrastes que emergen de las experiencias de los/as habitantes de la periferia se inscriben en torno al valor diferencial que adquiere la (in)movilidad (Segura & Cháves, 2021), mediados por la posibilidad de reemplazar y organizar la vida en espacios de proximidad.

En el caso de los sectores populares, el ASPO significó un acrecentamiento de la distancia entre la casa y la ciudad. Los controles y retenes que reforzaban las barreras sociales y simbólicas produjeron una sensación de lejanía e inaccesibilidad a la ciudad que se expresaba en las dificultades para salir del barrio y concretar los objetivos de la salida. Esta experiencia de percibir la ciudad como algo que parece haberse distanciado durante el confinamiento se expresa mediante los relatos de los/as residentes y las “odiseas” que significaban los desplazamientos hacia la zona céntrica, principalmente.

Fidel, de 30 años, construyó su casilla durante la pandemia en el barrio Playa Serena al comprarle un terreno a un vecino. Allí vive desde principios de 2020 junto a su pareja y siete hijxs, luego de vender una vivienda que había autoconstruido en Nuevo Golf. Con esa venta, se compró un auto y pagó parte del lote al que se mudaron. Cuando cuenta su experiencia durante el confinamiento, el entrevistado menciona sus “viajes a la ciudad” como una serie de eventos dificultosos y complicados. Cada vez que necesitaba ir, requería el control constante de su auto que se “le recalienta”, por lo que debían frenar en distintas partes del trayecto. También, su atención estaba dirigida a esquivar controles porque no tenía “todos los papeles” del vehículo. Mientras que la mayoría de esos desplazamientos significaban una búsqueda: encontrar chatarra para vender, “cosas que tira la gente”, andando “con el auto por todos lados”. En este sentido, el entrevistado representa a la ciudad a partir de los recorridos que realiza y los peligros representados por los retenes que demandan estrategias para sortearlos. Ir a la ciudad es un trayecto difícil de hacer pero necesario y con obstáculos que sobrepasar y atravesar. En esta misma dirección, Javier, de 32 años, cuando habla de la ciudad, refiere a las dificultades para llegar mencionando el transporte público como un servicio que durante la pandemia profundiza los problemas de acceso y uso del colectivo, limitando sus posibilidades de desplazarse y de “estar en la ciudad”.

En el caso de Yamila, de 25 años y madre de dos hijas, las barreras para acceder a la ciudad se proyectan en torno a los requisitos para circular, por los controles policiales asiduos en la “entrada del barrio” que le exigían el Certificado Único para Circular. En muchos casos, por desconocimiento de cómo obtener y gestionar el certificado, o por la inaccesibilidad en términos de recursos para conseguirlo —internet, celulares—, tanto Yamila como otros vecinos/as del barrio debían redefinir sus formas trayectos por no contar con los papeles necesarios para desplazarse.

Asimismo, la ciudad también era un lugar para realizar salidas de recreación, como pasear e ir a la plaza. Así la representa Jimena, de 31 años y madre de tres hijos/as, quien recuerda sus salidas de esparcimiento y ocio en distintos espacios céntricos. Es decir, la ciudad se presentaba como un lugar de disfrute, al que se iba no solo para realizar trámites y trabajar, sino también se conformaba como un lugar de ocio. Sin embargo, la emergencia de la COVID-19 modificó sustancialmente esta relación con la ciudad, al motivar la suspensión de este tipo de movimientos.

En cambio, para los/as habitantes de los barrios privados, la ciudad es un lugar que hay que evitar. La seguridad, disfrute y tranquilidad con las cuales son referenciadas las urbanizaciones cerradas se contrasta con la definición de la ciudad como lugar de lo peligroso. Así lo expresaba Lucas que, como retomamos anteriormente, destacaba las posibilidades que le brindaba el barrio, en donde podía salir a correr y caminar, y sentirse no solo seguro al hacerlo, sino también “habilitado” en tiempos de restricciones. En cambio, cuando hace referencia a la ciudad, el entrevistado menciona el movimiento y presencia de personas como una problemática:

Y si igual ahora es como que está raro, porque veo bastante movimiento para el que tendría que haber ¿no? Pero igual antes de la pandemia era otra cosa, o sea, yo miro y te das cuenta. A veces la costa está vacía y es increíble, antes ibas por la costa y siempre había gente, siempre había alguien haciendo cosas, siempre estaba lleno de gente. Depende qué hora, ¿no?, los domingos igual es otra cosa. Los domingos, la otra vez fui dos segundos a la costa era increíble la cantidad de gente que había, no lo podía creer. (Lucas, barrio privado, 2021)

Si bien señala el cambio que significó la pandemia en la dinámica de la ciudad, el relato de Lucas hace mención a la ciudad como lugar de flujo, amontonamiento y movimiento, en el que se flexibilizan los controles y medidas de cuidado. Al ver que los “domingos” había mucha gente en la costa, decide no quedarse y alejarse de la multitud. En este sentido, la valoración diferencial con respecto a las posibilidades de hacer actividades restringidas muestra una visión jerárquica del derecho a acceder y habitar la ciudad.

No obstante, una referencia que llama la atención a Lucas es la disminución del movimiento en la ciudad, como un cambio significativo. Esa reducción del movimiento es lo que le impactó a Marianela, de 42 años, quien vive en Haras del Sur. En su referencia a la ciudad durante el aislamiento estricto, la entrevistada la menciona “así, tan vacía”, hecho que le generaba rechazo “como que me quería volver a mi casa”. Esta idea de ciudad “vacía” no significa la ausencia de habitantes, sino la de movimiento, el flujo que juega un rol fundamental en la organización de la vida urbana contemporánea (Jensen, 2009).

Por su parte, en los/as habitantes de urbanizaciones cerradas la ciudad no es representada como un lugar de ocio y recreación. Aunque, en el contexto de confinamiento, se produce una tensión entre el peligro que representa la ciudad —que lleva a evitar frecuentarla— y una revalorización de la recreación en los espacios comerciales. Salir a comprar recursos para la casa, es representada como una forma de esparcimiento y valorada por su posibilidad de estar en otro ambiente por fuera de la casa y el barrio. En otros casos, se profundizan las prácticas que permiten evitar “la ciudad”. Así lo expresa Mariela, de 33 años, quien habita en la urbanización cerrada Rumencó:

Sigo sin usar mucho la ciudad, me acostumbré mucho también en la pandemia a pedir todo virtual. Yo antes el supermercado ya lo hacía virtual, lo pasaba a buscar, pero en vez de pasarlo a buscar ahora cambié, me lo traen acá (Mariela, barrio privado, 2021).

En su testimonio, la expresión de “usar la ciudad” muestra la representación que tiene sobre los espacios habituados por fuera del barrio, como un medio para cumplir determinados fines. Al mismo tiempo, la idea de hacer las compras desde la casa mediante opciones virtuales es una modalidad preexistente a la pandemia, pero que durante el ASPO pasa a ser una práctica más recurrente que permite evitar los lugares en los que circula mucha gente, generalmente referenciados fuera del barrio.

La peligrosidad de la ciudad se expresa también en distintas situaciones cotidianas que en el contexto de pandemia adquieren mayor relevancia porque generan temor y preocupación. Clarisa, de 62 años, habita en Rumencó desde hace diez años. Cuando refiere a la ciudad, lo hace en un doble registro: por un lado, señala la falta de empatía de quienes están y la habitan, debido al incumplimiento de las normas y de las medidas de cuidado. Por otro lado, esta falta de cuidados la hace sentirse en situación de riesgo constante al ir a algún comercio o durante los trayectos en la ciudad. En relación con ello, menciona:

Un jueves, me había pedido unas botas y las tenía que retirar en un Rapipago. Tenía que dejar el auto a una cuadra. Dejé el auto, voy, el tipo que no, que la aplicación, que no puedo, que sé yo. Bueno, vuelvo en un rato pim pum… volví. Cuando me voy del Rapipago, tenía una puerta corrediza, así como herrajes metidos para dentro, que vos metes el dedo y llevas… Bueno, ¡no tenía ni “chuf chuf” de nada! Salgo de ahí todo el tiempo pensando “¡ay! cuando llego me tengo que desinfectar porque toque esta puerta que toda la gente toca, que el tipo no tiene chuf chuf”, bueno, todo. En los cien metros me olvidé, me subo al auto, tiro las botas así en el asiento de atrás, me siento, me pongo el cinturón, me toco la nariz, así, esto… Dije, me contagié… Y me contagié. (Clarisa, barrio privado, 2021)

En el relato de Clarisa, la ciudad emerge como lugar de riesgo por la falta de cumplimiento de las normas, pero también por el contacto —indirecto— con “la gente”. En este sentido, la ciudad se representa como “sucia”, por eso cuando vuelve tiene que “desinfectarse”. Las prácticas habituales, los roces, personas y objetos que hacen a la ciudad son simbolizados como lo peligroso y lo que hay que evitar.

Reflexiones preliminares

Como sostienen Segura et al. (2022), el lugar importa, por lo que la pandemia es un proceso situado que proyecta y recrea las desigualdades sociales. El artículo se propuso analizar cómo la emergencia de políticas de regulación y restricción a la circulación generadas por el contexto sanitario incidió en la reconfiguración de prácticas y representaciones sociales en habitantes del periurbano sur marplatense y que se agruparon en torno a las escalas casa, barrio y ciudad. En primer término, esas representaciones estaban atravesadas por la desigualdad de clase, delimitadas principalmente mediante las tipologías habitacionales. Asimismo, hacia el interior de estos grupos, otras desigualdades sobre el modo de habitar la ciudad se hacían evidentes y se tensionaban a través de las categorías analíticas propuestas. En este sentido, el género y la edad son dos variables que estructuran la experiencia de los/as residentes en torno a los diferentes modos de vivir el contexto de confinamiento.

En este marco, la casa como lugar de habitación, resguardo y seguridad cobró otros sentidos y dinámicas que se entrelazaron con las nuevas funciones que pasó a cubrir —home office, escuela, gimnasio—, al tiempo que profundizó tensiones en relación con el trabajo doméstico y de cuidados y la superposición con las demás actividades espacializadas allí. En otros casos, su estructura deficitaria nunca se conformó como un lugar seguro y de resguardo, por lo que la necesidad de moverse para garantizar la reproducción de la vida cotidiana hacia otros lugares barriales y extrabarriales mostró las limitaciones de amplios sectores sociales para cuidarse, ser cuidados y evitar salir. Estos contrastes que se profundizan con las desigualdades preexistentes relacionadas con la inserción de las personas al mundo del trabajo remunerado, el acceso a la educación, salud, transporte, constituyeron los cimientos de una experiencia desigual y heterogénea del período de confinamiento.

Asimismo, el barrio se presenta como una extensión de esa experiencia habitacional. Por un lado, en ambas tipologías barriales se representa como un lugar aislado, aunque con valoraciones contrapuestas y con distintos actores que producen esa aislación. Por otro lado, ese reforzamiento de los límites barriales es representado por los/as entrevistados/as de sectores populares mediante la idea de una “casa grande” —se aísla al barrio por un contagiado, y los retenes y controles policiales en las principales vías de acceso son reforzados—. Por el contrario, en las urbanizaciones cerradas, sienten estar en una “burbuja”, cuidados del peligro externo y con posibilidades de hacer actividades que en el resto de la ciudad no están permitidas.
Por su parte, la ciudad es representada como un lugar lejano para los sectores populares, que perciben un incremento de las dificultades para acceder y habitarla. Mientras que, en los/as habitantes de los barrios privados, es un lugar peligroso que hay que evitar.

Estas distinciones de las categorías casa, barrio y ciudad generadas por habitantes del periurbano pero diferenciados según tipologías barriales, muestra la complejidad de las tramas sociales en espacios geográficos cercanos pero distantes socialmente. Al mismo tiempo, señala el impacto diferencial de las medidas de restricción a la circulación y el rol central del espacio en la producción y reproducción de las desigualdades sociales.

A partir de recuperar la experiencia espacial (Lindón et al., 2006) en tiempos de pandemia, el artículo reflexionó sobre la especificidad de las dinámicas de la desigualdad en el modo de habitar en el periurbano. Residiendo en urbanizaciones disímiles y cercanas, las experiencias de las personas se ven atravesadas no solo por las posibilidades para acceder a la infraestructura pública, bienes y servicios, sino también por las habilidades para moverse y los conocimientos para gestionar permisos y traspasar retenes. Estas situaciones abordadas se complejizan con la intervención e injerencia de las políticas públicas en la dinámica urbana, que expresan una jerarquía de ciudadanía entre residentes del periurbano clasificados por el lugar habitado, al permitir en algunos casos facilidades para circular, continuar y/o readaptar las actividades cotidianas y, en otros casos, al profundizar las dificultades para moverse, pero también para quedarse en la casa.

Notas

  1. El Programa de Crédito Argentino (ProCreAr) es una política estatal de financiación para el acceso a la vivienda destinada principalmente a la demanda de los sectores medios.
  2. El Certificado Único Habilitante para Circular establecía diversos motivos de excepción para la circulación de personas durante el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio.

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