RESISTENCIAS MORALES Y LUCHA POR LA VIVIENDA DE MUJERES MIGRANTES EN CONTEXTOS DE INFORMALIDAD URBANA. ESTUDIO DE CASO EN UN BARRIO PERIURBANO DE GONZÁLEZ CATÁN, PROVINCIA DE BUENOS AIRES
RESUMEN
El objetivo de este artículo es avanzar en la comprensión de la relación entre migraciones, contextos de informalidad urbana y lucha por el acceso a la vivienda.
Para ello, desde un enfoque cualitativo, reconstruimos relatos de vida de mujeres, en su mayoría de nacionalidad paraguaya, que habitan un barrio periurbano del municipio de La Matanza.
Como resultado, identificamos que el rol protagónico de las madres en el proceso de “toma” de tierras que dio origen al barrio, la épica de haber resistido a la precariedad y ausencia de infraestructura durante los primeros meses en los que vivieron allí, sumado al esfuerzo colectivo para mejorar las condiciones de vida y cierto rechazo a lo que llaman “la política” son elementos que conforman un relato común orientado a legitimar el barrio y su derecho a permanecer en él, frente a la estigmatización territorial y las violencias morales que las ubican como “no merecedoras de la ciudad”.
Palabras claveinformalidad urbana; migraciones; género; violencias morales.
ABSTRACT
MORAL RESISTANCE AND THE HOUSING STRUGGLE OF MIGRANT WOMEN IN CONTEXTS OF URBAN INFORMALITY. CASE STUDY IN A PERI-URBAN NEIGHBORHOOD OF GONZÁLEZ CATÁN, BUENOS AIRES PROVINCE.
The objective of this article is to understand the relationship between migration, urban informality, and the struggle for access to housing. To achieve this, using a qualitative approach, we reconstruct the life stories of a group of women, mostly of Paraguayan origin, who live in a peri-urban neighborhood in the municipality of La Matanza. As a result, we identify that the leading role of mothers in the land «takeover» process that gave rise to the neighborhood, the epic of having resisted precarity and a lack of infrastructure during the first months, the collective effort to improve living conditions, and a certain rejection of what they call «politics» are all elements that form a common narrative. This narrative is aimed at legitimizing the neighborhood and their right to remain in it, in the face of territorial stigmatization and moral violence that position them as «undeserving of the city.»
Keywordsurban informality; migration; gender; moral violence.
RESUMO
RESISTÊNCIAS MORAIS E LUTA POR MORADIA DE MULHERES MIGRANTES EM CONTEXTOS DE INFORMALIDADE URBANA. ESTUDO DE CASO EM UM BAIRRO PERIURBANO DE GONZÁLEZ CATÁN, PROVÍNCIA DE BUENOS AIRES
O objetivo do artigo é compreender a relação entre migração, informalidade urbana e a luta pelo acesso à moradia. Para isso, sob uma abordagem qualitativa, reconstruímos os relatos de vida de um conjunto de mulheres, em sua maioria paraguaias, que residem em um bairro periurbano do município de La Matanza. Como resultado, identificamos que o papel protagonista das mães no processo de «ocupação» de terras que deu origem ao bairro, a épica de ter resistido à precariedade e à ausência de infraestrutura durante os primeiros meses, o esforço coletivo para melhorar as condições de vida e uma certa rejeição ao que chamam de «a política» são elementos que conformam uma narrativa comum. Esta narrativa visa legitimar o bairro e seu direito de permanecer nele, frente à estigmatização territorial e às violências morais que as posicionam como «não merecedoras da cidade».
Palavras-chaveinformalidade urbana; migrações; gênero; violências morais.
DOI: https://doi.org/10.30972/crn.44449597
INTRODUCCIÓN
El presente artículo se desprende de una tesis de doctorado en la que se abordaron las experiencias vinculadas con la producción de salud de mujeres migrantes, en su mayoría nacidas en Paraguay e hijas de familias paraguayas, que habitan un barrio periurbano de la localidad de González Catán, provincia de Buenos Aires.
El barrio que aquí llamaremos Nueva Esperanza está situado en un área identificada con “lo paraguayo” no solo por el alto porcentaje de migrantes provenientes de ese país, sino también por encontrarse allí emplazada la sede deportiva del Club Atlético Deportivo Paraguayo (CADP), referencia de gran importancia para la comunidad, tanto en términos materiales como simbólicos. Nueva Esperanza se caracteriza por tener un alto predominio de informalidad urbana. Sus orígenes se remontan a un proceso de “toma”1 de tierras y de viviendas.
En este artículo, la propuesta es analizar parte de las respuestas que las mujeres migrantes que lo habitan construyen ante las múltiples “violencias morales”2 que sobre ellas recaen. Particularmente, el interés está puesto en reconstruir las estrategias narrativas que despliegan, orientadas a legitimar el proceso de “toma” que dio origen al barrio y su presencia en el territorio frente a los diversos procesos de estigmatización y alterización que atraviesan su vida cotidiana que las ubican como “no merecedoras de la ciudad”.
Para ello, desde un enfoque cualitativo, se llevó adelante un trabajo de campo de tipo etnográfico, intensivo y desestructurado, en el que se combinaron la construcción de relatos de vida de mujeres migrantes con recorridos urbanos y observaciones participantes. Entendemos los relatos de vida como narraciones biográficas acotadas. A diferencia de las historias de vida que son recorridos integradores a través de la totalidad de la experiencia vital de una persona, los relatos de vida están centrados en algún aspecto particular de la experiencia de una persona (Kornblit, 2007), en este caso, en las trayectorias migratorias de las mujeres entrevistadas y dentro de ellas, específicamente en su llegada y permanencia en el barrio en estudio.
El artículo se estructura en cuatro apartados: en el primero definimos la noción de informalidad urbana y caracterizamos Nueva Esperanza como ejemplo de un barrio informalizado, historizando su surgimiento y describiendo sus principales características estructurales. En el segundo, analizamos las “violencias morales” que atraviesan Nueva Esperanza, haciendo énfasis en la construcción del barrio y de quienes lo habitan como alteridades negativizadas que “no merecen” permanecer allí. En el tercer apartado, analizamos cuatro estrategias narrativas que construyen las mujeres migrantes que habitan Nueva Esperanza en respuesta a las violencias morales analizadas en el apartado anterior. Finalmente, en el último apartado esbozamos algunas reflexiones que lejos de pretender construir respuestas acabadas, nos invitan a continuar profundizando sobre los modos en los que se articulan las dimensión material y simbólica en los complejos procesos de subalternización y las resistencias que frente a ellos se erigen.
LAS CASITAS DE NUEVA ESPERANZA: ESTUDIO DE CASO DE UN BARRIO INFORMALIZADO
Nueva Esperanza es un barrio periurbano del municipio de La Matanza, provincia de Buenos Aires. Se encuentra en la localidad de González Catán, en un área nueva, resultado de procesos recientes de expansión urbana. Nueva Esperanza presenta porcentajes de hogares con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) por encima de la media del partido y alta concentración de población migrante como lo muestra el mapa que sigue a continuación.

Asimismo, el área de estudio se caracteriza también por tener un alto predominio de informalidad urbana. Cuando hablamos de “informalidad urbana”, nos referimos a un tipo de hábitat al que acceden sectores populares a través del mercado informal de suelo y vivienda. Se trata, en términos de Herzer et al. (2008, p.176) de “una relación de exterioridad y/o de conflicto con las normas e instituciones del Estado y/o del mercado formal”. Esto no implica la ausencia absoluta de relación con el Estado, sino reconocer una relación de conflicto con algunas de sus instituciones y normas.
Clichevsky (2000) distingue dos tipos de informalidad urbana. El primero, definido desde el punto de vista dominial, está vinculado con el modo de acceso al hábitat. Incluye la ocupación de tierras públicas o privadas, de inmuebles, de espacios públicos o de propiedades de origen social, es decir, ocupaciones directas que realiza la población o el acceso a estas modalidades de hábitat a través del mercado informal del suelo y la vivienda. El segundo tipo de informalidad es planteado desde el punto de vista de la urbanización. Se trata de tierras sin condiciones urbanoambientales para ser usadas como residenciales: inundables, contaminadas, cercanas a basurales clandestinos, sin infraestructura, con dificultosa accesibilidad al transporte público, centros de empleo, educación primaria y servicios primarios de salud, con viviendas construidas por fuera de la normativa existente y con densidades extremas. Nueva Esperanza es un barrio informalizado en términos dominiales, ya que no existen títulos de propiedad ni documentación que avale legalmente la posesión de las viviendas en manos de quienes actualmente las habitan. A su vez, también es un barrio informalizado en términos urbanos. En sus orígenes, no contaba con servicios básicos tales como luz eléctrica, agua potable, recolección formal de residuos, conexión a la red cloacal o nominación oficial de calles. Esto, unido a que se encuentra emplazado sobre terrenos bajos e inundables, lo convierten en un barrio que no cubre las condiciones urbanoambientales básicas necesarias para constituirse como barrio residencial.


Se encuentra alejado de las principales centralidades y subcentralidades urbanas, lo que, sumado a las precarias condiciones dadas para la movilidad, deriva en importantes dificultades para el acceso a servicios públicos u otros equipamientos urbanos (Matossian y Abal, 2019).
En cuanto a la historia de su conformación, el barrio es resultado de un proceso de autoproducción colectiva del hábitat, en el que es posible identificar diferentes momentos de organización colectiva que incluyen: 1) la “toma” de un conjunto de 306 viviendas sociales en construcción que tuvo su momento cúlmine en enero de 2015; 2) las acciones colectivas orientadas a la gestión de servicios y mejora de la infraestructura del barrio y 3) la conformación de espacios de cuidado comunitarios, intercambios y estrategias colectivas para dar respuesta a problemas emergentes. Según los relatos obtenidos, Nueva Esperanza nació como barrio planificado pero la empresa constructora habría abandonado el proyecto varios años antes de la “toma”, dejando las casas sin terminar y sin adjudicar.
Las reuniones de organización comenzaron en agosto de 2014 pero recién en enero de 2015 se consumó la llamada “toma de posesión” de “Las casitas”, es decir, la instalación de las familias al barrio. Previo a eso, quienes protagonizaron el proceso de “toma” de las viviendas tuvieron que resistir a varios intentos de desalojo, algunos de ellos fuertemente violentos ocasionaron la destrucción de buena parte de las viviendas más avanzadas. Al momento de instalarse definitivamente las familias en el barrio, solo la casa del sereno estaba terminada. El resto de las casas no estaban en condiciones de ser habitadas. La mayoría no contaba con techo, puertas, ni ventanas e incluso, algunas eran solo piso, faltaba levantar las paredes. Si bien gracias a la organización de sus habitantes, poco a poco, las casas fueron reconstruidas y fue posible realizar mejoras en el barrio y acceder a determinados servicios, las condiciones de vida extremadamente precarias de los primeros tiempos dejaron marcas en sus habitantes que se expresan con contundencia en los relatos que analizaremos más adelante.
Por el momento, interesa destacar que, en Nueva Esperanza, existían –y existen aún– aspectos ligados al tipo de urbanización que erosionan fuertemente la calidad de vida de sus habitantes. El aislamiento, la escasez de equipamiento urbano, la lejanía de las principales centralidades urbanas, el déficit de transporte público y las calles de tierra del barrio que impiden, por ejemplo, el ingreso de ambulancias y de remises, fueron algunas de las cuestiones que ocupan un lugar central en los testimonios sobre los problemas del barrio.

A su vez, como muestran las fotos compartidas (figuras 2, 3 y 4), la contaminación ambiental, la presencia de basurales a cielo abierto, la carencia de agua potable y de otros servicios públicos básicos y el tipo de suelo sin capacidad de absorción son aspectos de la informalidad urbana que también configuraban un territorio sin las condiciones sanitarias básicas necesarias para constituirse como barrio residencial.
VIOLENCIAS MORALES QUE RECAEN SOBRE NUEVA ESPERANZA
Ahora bien, más allá de la dimensión material en la que se expresa en este caso la desigualdad social, en este artículo se pretende abordar las respuestas ante las violencias simbólicas o ante lo que Segato (2003) define como “violencias morales”. Es decir, el “conjunto de mecanismos legitimados por la costumbre” cuya función es la de garantizar el mantenimiento de los sistemas de estatus o, en otras palabras, la reproducción de las jerarquías en los distintos órdenes –de género, raciales, étnicos-nacionales, de clase, etc.– (Segato, 2003, p. 107).
Entre las diversas expresiones de violencias morales identificadas en el trabajo de campo, nos interesa detenernos particularmente en dos cuestiones vinculadas con la mirada que se construye sobre Nueva Esperanza y sobre las mujeres migrantes que lo habitan. Por un lado, se hizo evidente la construcción simbólica del área de estudio como “peligrosa” e “insegura” en la que prima el desamparo. Muchas fueron las advertencias que recibimos en las primeras entrevistas en profundidad o conversaciones informales con informantes clave sobre los cuidados que debíamos tener para caminar por la zona. Recibimos varias recomendaciones sobre áreas y horarios vedados. Del mismo modo, se refirieron al tema como preocupantes diferentes vecinos y vecinas con las que hablamos. En este mismo sentido, durante el año 2018 y 2019, la seguridad era uno de los temas principales que se abordaban en las reuniones de las Mesas Territoriales3 organizadas por el municipio en las que participamos como parte del trabajo de campo. Emergían recurrentemente relatos sobre robos o intentos de secuestros de niñes y adolescentes. Excede a los objetivos de este artículo contrastar la percepción sobre la inseguridad con la ocurrencia efectiva de delitos urbanos en nuestra área de estudio. Lo que sí nos interesa es llamar la atención sobre las consecuencias de estos rumores. Fernandes y Pinto (2004) llaman «rumor insegurizante» a la narrativa que se despliega en el espacio urbano, en el marco de conversaciones cotidianas y que configura una suerte de atlas del miedo en el que determinados barrios degradados de la ciudad se constituyen como enclaves que irradian peligrosidad. Estas narrativas se erigen como «hipótesis predatoria» que configuran un esquema interpretativo y regulan los movimientos por el espacio urbano y las interacciones con las personas desconocidas (Fernandes y Pinto, 2004, p. 156). El “rumor insegurizante” opera a modo de estigmatización en tanto generaliza y hace prevalecer determinados hechos, dejando la identidad de estos barrios asociada a determinados acontecimientos puntuales
Además, estas construcciones simbólicas promueven y legitiman decisiones, vinculadas con la gestión de recursos, que profundizan la discriminación estructural que recae sobre estos territorios (Kessler, 2012). Un ejemplo ilustrativo de estos procesos es la suspensión del recorrido de un ramal de la línea de colectivo 621 en noviembre de 2021, en contexto de Pandemia por COVID-19. Dicha decisión fue atribuida a cuestiones de seguridad. Se trataba de una de las pocas líneas oficiales de colectivo que llegaban hasta la zona, con lo cual, su suspensión dificultó aún más el acceso al área en estudio, situación particularmente crítica en un momento en el que aún regían medidas restrictivas para la movilidad vinculadas con la pandemia por COVID-19.
Otro aspecto clave vinculado con la construcción simbólica del territorio tiene que ver con la condena social o las valoraciones negativas que se despliegan en torno a las personas que protagonizan los procesos de “toma” o de “ocupación” de tierras y viviendas. Solo a modo de ejemplo, es interesante mencionar el testimonio de una trabajadora social de una delegación municipal que planteaba que si bien el acceso a alimentos se encontraba garantizado para toda la población que así lo requiera, en los casos de barrios originados por procesos de tomas de tierras no se entregaban recursos tales como chapas, tirantes u otros materiales para la construcción con el objeto de no “habilitar” o “legitimar” dichas tomas. Esta decisión también se expresa en barreras burocráticas que dilatan los tiempos o impiden, por ejemplo, la gestión de servicios públicos y cualquier otra iniciativa que pueda promover la consolidación del barrio.
En el caso de las personas migrantes que habitan barrios como Nueva Esperanza estos procesos de estigmatización se ven profundizados. La alta concentración de personas migrantes en barrios populares con alto predominio de informalidad urbana es consecuencia de condiciones estructurales desiguales de acceso al suelo y a la vivienda que brinda el mercado y el Estado a esta población en particular (Mera, 2017; Matossian, 2017). En un contexto general de crisis habitacional, las modalidades informales y las áreas relegadas son en muchos casos el único modo que tienen las personas migrantes de sectores populares para lograr asentarse en las ciudades en general y en el Área Metropolitana de Buenos Aires en particular (Magliano et al., 2014).
Esta situación tiene como correlato la construcción simbólica de ambas condiciones como si fueran partes del mismo problema, dos caras de la misma moneda, lo que resulta en la “doble estigmatización” de esta población (Gallinati y Gavazzo, 2011). Dicho de otro modo, en las modalidades informalizadas del hábitat popular suele magnificarse la presencia migrante, homogeneizando étnicamente a sus habitantes y produciendo lo que Carman (2006) denomina como esta «invención de la etnicidad». Se configura una cadena semántica que asocia linealmente la “toma” de tierras o de viviendas con determinadas colectividades migrantes y el delito (Melella, 2017).
Estas construcciones simbólicas se articulan y retroalimentan con un racismo institucional que, en el caso de la atención en salud, se expresa en prejuicios y prácticas discriminatorias al interior de los servicios. En los testimonios que recogimos de trabajadores de la salud del primer nivel de atención, se expresa de manera elíptica la idea de determinados migrantes como “no merecedores” de determinadas prestaciones, mientras se los culpabiliza por las condiciones en las que viven, por los obstáculos con los que se encuentran para el acceso a la atención o por las dificultades que emergen en la comunicación con los trabajadores de la salud. Estas operaciones resultan en procesos de responsabilización individual de las personas migrantes y en su construcción simbólica como «otro, no merecedor» del acceso gratuito a la salud.
En este marco, no sorprende identificar estrategias narrativas orientadas a legitimar la presencia de las mujeres migrantes en esa área de la ciudad y resistir a la doble estigmatización mencionada anteriormente.
RESISTENCIAS MORALES: ORÍGENES Y AUTOPRODUCCIÓN DEL BARRIO
A continuación, analizaremos testimonios orientados a subvertir las construcciones simbólicas que ubican a estas mujeres como alteridades negativizadas. En este sentido, llamaremos “resistencias morales” a estas estrategias narrativas que construyen a las personas que habitan Nueva Esperanza como “merecedores” de sus viviendas y del acceso a derechos.
Las reuniones de organización comenzaron en agosto de 2014 pero la llamada “toma de posesión”, es decir, la mudanza de las familias al barrio fue en enero de 2015. Ya hemos mencionado que la represión y la violencia policial que tuvieron que afrontar las familias durante el proceso de “toma” del barrio. Ahora bien, las dificultades que atravesaron durante los primeros tiempos del barrio no se limitan a esos episodios. En los relatos de vida, la reconstrucción de aquel periodo fundacional incluye diferentes elementos que configuran una suerte de épica vinculada con “la lucha” por el barrio. Entre estos elementos, reconocimos por lo menos cuatro: 1) el protagonismo de las mujeres en la “toma”, en su rol de madres, dispuestas a hacer lo que sea necesario para alcanzar el sueño de la “casa propia” y garantizarles un techo a sus hijes, 2) las dificultades de los primeros tiempos y la épica sobre el sacrificio que implicó, a pesar de todo, sostener la presencia en el barrio, 3) el gran trabajo y esfuerzo orientado a transformar ese espacio en “habitable” y la legitimación de acciones a partir del beneficio colectivo: “por el bien del barrio” y 4) cierto rechazo de lo que llaman “la política”, desmarcando sus prácticas y modos de gestionar recursos de una lógica entendida como “clientelar”. A continuación, describiremos cada uno de ellos.
“Una casa para mis hijos”
La referencia continua al protagonismo de las mujeres en el proceso de “toma” y en la conformación del barrio se nos presentó de manera contundente e ineludible desde el comienzo del trabajo de campo en el barrio. Su rol de madres no solo era fuertemente reivindicado, sino que era señalado como motivador, era lo que le daba sentido y legitimaba la acción. La búsqueda de una mejor calidad de vida para les niñes era el argumento al que apelaban para dar cuenta de su participación en este proceso.
Noemí es referente de Nueva Esperanza desde sus inicios. Cuando la conocimos tenía 35 años. Nació en Argentina y es hija de madre paraguaya y padre paraguayo. Fue presidenta de la cooperativa de vivienda conformada por los vecinos que participaron en la “toma” que dio origen al barrio. Si bien nunca ocupó cargos en las comisiones vecinales, quienes la apoyan, al referirse a ella, la siguen llamando “la presidenta”. Desde diferentes sectores del barrio le reconocen su rol protagónico en la organización y conducción de la “toma”. Cuando la entrevistamos, al relatar el surgimiento del barrio, Noemí nos contó cómo, al principio, ella junto “con otras mamás” se sumaron al grupo de familias que se estaba organizando para ingresar al barrio. Estas familias habían sido las adjudicatarias originales de las casitas y que se vieron perjudicadas cuando la empresa constructora abandonó la obra, sintiéndose estafadas.
Bueno, nos juntamos, y cuando llegamos vimos un grupo de gente que estaban llorando desesperados y nos acercamos a preguntar qué era lo que había pasado (…) ‛Contame, yo estoy interesada ¿qué podemos hacer?’. Y bueno, ahí nos explicaron (…) Entonces, ahí, se armó todo como ‛bueno, entremos, veamos qué pasa, juntemos las mamás que no tienen casa, que alquilan como nosotros y vemos qué podemos lograr’. Y bueno, así nos fuimos formando. (Entrevista a Noemí, 06/08/2019)
Luego, en el relato de Noemí sobre una discusión que tuvo con un funcionario municipal, se refleja de manera muy contundente esta suerte de operación simbólica que asocia la “toma” y el surgimiento del barrio a la necesidad de las madres y al bienestar de sus hijes.
(…) yo lo escuchaba, todos callados, yo soy un poco más alteradita… Entonces, después me acuerdo perfectamente que mis compañeros después me aplaudieron, porque agarré y le dije: ‛Mire, la diferencia es que usted no tiene casa porque no quiere tener. Tiene un trabajo seguro, que seguramente ganan millones, no sé cuánto ganará sentado ahí, no sé tampoco cuál es su trabajo, pero uno de ellos, creo yo, que es escuchar a la gente, porque nosotros estamos acá porque queremos que alguien nos dé una solución, una respuesta, o por lo menos, algo. Que nos digan que van a buscar la forma de ver cómo nos pueden ayudar. Y su respuesta fué esta. A ver, usted si quiere va al banco, saca un préstamo y tiene una casa, nosotros no, porque somos mamás que algunas estamos sin maridos, somos mamás solteras que apenas trabajamos, por hora, por día, y no tenemos un trabajo seguro. Y yo no puedo ir a sacar un crédito como usted. Esa es la diferencia, señor. Nosotros somos bien pobres. No tenemos la forma que tienen ustedes de ver la vida tampoco. Nosotros es a pulmón, día a día. Está bien, usted también, pero usted tiene la forma, nosotros no’. Entonces fué como que todo el mundo: ‛Eh! ¡Bien, Noemí!’. (Entrevista a Noemí, 06/08/2019)
En otro momento de la entrevista, al relatar los sucesivos intentos de desalojo y el modo en el que eso le generaba cierta frustración y sentimiento de derrota, Noemí refuerza nuevamente la idea de sus hijos como “motor”:
En el último que yo dije: ‛Yo me voy a quedar’, yo me planté y dije: ‛a mí no me van a asustar’ (…) Y no, vamos a pelear, vamos a pelear’. Y yo me ponía eso porque imaginate, con 4 chicos, no tenés casa… Yo pensaba en mis hijos, dije: ‛Esto es para mis hijos, no es para mí’. Entonces me ponía como una meta personal mía de que yo le tengo que dar esto a mis hijos, porque otra opción no encontraba. Entonces, nada, me senté a buscar, y en eso, encuentro la tarjeta del abogado. (Entrevista a Noemí, 06/08/2019)
A través de Noemí, conocimos también a Beatriz, quien hacía doce años que había llegado a la Argentina. Vino de Paraguay, embarazada, sin redes ni contactos. Trabajó en una casa “con cama”, llevando adelante tareas de cuidado hasta que tuvo a su beba. Luego, conoció a Carlos, también de nacionalidad paraguaya, recién llegado al país. Se pusieron en pareja y tuvieron siete hijos. Beatriz relata la complejidad de las trayectorias residenciales que marcaron sus primeros años en Argentina hasta que finalmente llegaron a Nueva Esperanza.
Y ahí me junté, digamos, en la casa de mi suegra. Viste cuando vivís en una casa ajena no es lo mismo. Era alquiler. Vivíamos de alquiler en alquiler. Vivíamos todos juntos. En casa ajena, no es lo mismo, no podés comprar nada, no tenés tu espacio (…) Fuimos a alquilar a otro lado. Y después, tenía otro chico más, otro chico más, así, y ya no podía vivir en un alquiler. En el 2015, nosotros vivíamos por el km 26, en la casa del patrón de mi marido, que son bolivianos y tienen alquileres… Yo siempre soñé tener una casa para mis hijos. Eso siempre fue mi sueño, de tener una casa. Y yo sola, ponele, antes de dormir le pedía a Dios que me dé algo. (…) Y un día me dijo mi suegra, yo estaba embarazada de cinco, seis meses de una de mis nenas. ‘Mirá que están allá con los terrenos (…) Andá, no seas boluda, por ahí tenes suerte’. Agarré a las corridas, mientras él estaba trabajando, me vine para acá. Y después no sabía cómo decirle que yo tenía una casita acá… Porque me iba a decir: ‛No, dejate de joder…’, ya sabía qué me iba a decir, porque no le gusta: ‛No, que vas a ir a joder por ahí, mirá si le pasa algo a los chicos, a vos también…’ (Entrevista a Beatriz, 03/12/2019)
Además de fundamentar su participación en la “toma” —en tanto madres que buscan garantizar el acceso a la vivienda de sus hijos—, en estos relatos, tanto Noemí como Beatriz, al mencionar que sus maridos no estaban de acuerdo con la iniciativa, se presentan como mujeres “fuertes e independientes”, podríamos decir metafóricamente, “de armas llevar”, que no necesitan permiso y hasta están dispuestas a llevar adelante acciones que implican riesgos en pos de garantizar el bienestar de sus hijos. Alicia Lindón (2005) refiere el mito de la casa propia como ideal, como valor moderno, que se entreteje en la subjetividad colectiva con la idea de progreso, un progreso que no está vinculado necesaria ni inmediatamente con la mejora de las condiciones materiales de vida sino con el reconocimiento social que da el ser ‛poseedores’ y, al mismo tiempo, la seguridad que otorga dicha condición. El mito de la casa propia se reconfigura en este contexto y asume la fórmula del mito de “la casa para mis hijos”.
“Aguantamos de todo, la pasamos mal”
En los relatos sobre los primeros tiempos del barrio, es posible identificar una suerte de épica construida alrededor de todas las dificultades por las que atravesaron las familias, es decir, alrededor el enorme sacrificio de quienes, al principio, debían “aguantar” y pasar sus días en un espacio sin las mínimas condiciones de habitabilidad.
Volviendo al testimonio de Beatriz, ella da cuenta de las condiciones de precariedad en las que vivían al principio y resalta el tiempo que les tomó acomodarse y tornar su casa un espacio habitable:
El 30 de marzo nosotros nos mudamos acá, porque el alquiler ya no lo íbamos a poder pagar más. (…) Su patrón le regaló un par de chapas que mandó a poner acá en la cocina y el pasillo, pero eran viejas y goteaba. Bueno, agarramos, compró machimbre, con la poca plata que teníamos y una lona negra (…) puso eso en esta piecita que está acá y la techó (…) Y venimos a una sola piecita; mi cama, la cama de los chicos, el ropero grande que tengo ahí (…). No teníamos baño. Él tuvo que hacer rápido el pozo. No teníamos agua ¡Los bichos! (…) Nos metíamos en el barro hasta acá, los chicos, los bichos, los sapos que había… Y vinimos. No teníamos luz… En realidad, teníamos una lamparita. Y no sabes lo que sufrimos nosotros porque cada vez que llovía, esto se llenaba de agua. Las otras dos piezas no tenían techo. Entraba el agua de ahí hasta acá. Imaginate lo que era. (…) parecía que llovía más adentro que afuera. Era un desastre (…) Después, por suerte, pudimos techar esto. Hasta hace dos meses, más o menos, esto tenía chapa todavía (…) Y así vamos, de a poco. Va a ser cinco años ya. (Entrevista con Beatriz, 03/12/2019)
Roxana también nos contó anécdotas que ilustran las dificultades de los primeros tiempos. A diferencia del resto de las mujeres con las que trabajamos, Roxana es de nacionalidad boliviana. Cuando la conocimos, tenía 38 años y hacía trece que había llegado a la Argentina.
Formaba parte del grupo de “familias estafadas” por la empresa constructora y decidió sumarse a la “toma”. Se mudaron antes que el resto de las familias, “éramos tres familias que vivíamos en todo este predio, no había más”.
La primera noche que nos quedamos, solo teníamos para techar el cuartito del fondo, con toldo, ni siquiera teníamos chapa. Tirantes sí teníamos…(…) Le digo a mis hijos: ‛Bueno chicos, tápense la carita, así, con la colcha, porque estamos durmiendo acá en colchones en el piso, para que no les pique el mosquito’, les digo, porque todo esto no tenía techo. Y bueno, estábamos ahí, sin tele, sin luz, sin agua, sin nada. Y mis hijos dicen: ‛Ma, ¡contanos una historia!’ Empezamos a contar historias, así, cuando viene un viento y ¡fum! se lleva el toldo, y quedamos así con el cielo. Estaba justo frío esa vez. Y bueno, así pasó la primera noche. Después de eso, para año nuevo, que también, la primera lluvia fuerte que le pegó… Esta es mi amiga que te digo que estábamos acá, y pasamos año nuevo acá, porque en navidad nos fuimos para allá nosotros. Entonces, así, a lo miserable pasamos. Y empieza la lluvia, y ella dice: «¡Ay, no! ¡Nos va a agarrar!», se van. Y cuando se van, al poco rato, me dice: «Roxi, te mando a los chicos porque nos inundamos». (…) Cada vez que llovía había un barro, que el auto no entraba. Y no teníamos agua. Y había, acá al ladito, una señora que nos regalaba agua. Había que hacer una fila larga. Teníamos que madrugar para el agua, era increíble. Y cuando había barro, bueno, traías lo que podías porque te venías cayendo… Y bueno, peor que campesinos estuvimos acá. Pero… Ahora lo ves gracioso, pero esa vez no, la pasamos mal (Entrevista con Roxana, 03/09/2019)
Por último, el relato de Francisca, quien nació en Paraguay. Cuando la conocimos tenía 58 años y hacía veintiséis que vivía en Argentina. Llegó al barrio junto a su hija, su yerno y sus tres nietes porque no podían seguir afrontando los costos que implicaban el alquiler y los servicios de la vida en capital. Francisca también describe las condiciones de la casa en la que vivieron junto con su hija, su yerno y sus nietes cuando llegaron al barrio. Su relato y el de Roxana reflejan que los malestares que traen aparejados las inclemencias climáticas, ante la falta de infraestructura adecuada, parecen adquirir un mayor dramatismo con la presencia de niñes y por las noches.
No tenía techo. No me quiero ni acordar … Y ese año, llovía cada dos por tres. Te parte el alma. Pero vos cuando querés una cosa para vos, no te importa. Entre los vecinos, somos todos una familia acá. Entre los vecinos, uno te da una lona para cubrirte de la lluvia y el frío. ¡No! la humedad, los chicos. (…) [mi yerno] a las 2, a las 3 de la mañana, sacaba agua porque llovía y se llenaba de agua. (…) Es de película, cuando llegamos, no teníamos ni puerta. Era una puerta corrediza, no tenía tendido ni un poste, nada. Fuertísimo.
(…) te arreglas como sea. Es la única forma de ir adelantando ladrillo por ladrillo, o un techito, una madera. Muy fuerte, muy fuerte. Hay que vivirla. Pero a mí me llena de emoción. Pero a veces lloro y me dice mi nieto: ‘Abue, ¿te acordás cuando nos goteaba todo?’ Y eso me mata, porque me hace saltar lágrimas, porque los chicos (…). Así que, muy fuerte lo que nos pasó y todo lo que sufrimos y todo. La gendarmería que venía y que nos echaba (…) todo pasamos acá. Se aguantó todo. (Entrevista con Francisca, 04/06/2019)
Los tres relatos resaltan que se mudaron a sus viviendas con apenas una de las habitaciones techada de manera provisoria y precaria, sin contar con una infraestructura necesaria que les protegiera de las inclemencias climáticas. A su vez, el estado en las que se encontraba el barrio — falta de servicios, calles de barro, inundaciones— agravaban las condiciones de subsistencia de esos primeros meses.
“Entre todos, de a poquito y todo a pulmón”
En los testimonios anteriores, además del sufrimiento que atravesaron las familias por el accionar de las fuerzas de seguridad y por la precariedad de las viviendas y del barrio, aparece fuertemente la idea de que se lograron superar aquellas situaciones a partir del esfuerzo y trabajo conjunto. Frases como “Y así vamos, de a poco”, “Nosotros es a pulmón, día a día” o “ladrillo por ladrillo, o “un techito, una madera” describen la lógica que caracterizó el modo de construcción de las viviendas y la dinámica implementada para las mejoras del barrio.
Los relatos destacan el carácter progresivo y el esfuerzo que implicó la mejora relativa de las calles para hacerlas más transitables y de la infraestructura del barrio, pero también dejan ver el carácter colectivo del proceso y, una vez más, la importancia de las redes no solo para la llegada al barrio sino para su producción. A propósito de esto último, a continuación, compartimos testimonios sobre la gestión de servicios y otras mejoras en la infraestructura del barrio.
Por ejemplo, vos viste lo de las luces, se hicieron todo entre vecinos. Se juntó plata, los postes, todo. No hubo Edenor, no hubo nada acá. No hay entrada de Edenor tampoco. Ahora vi que entró Telecentro, que está queriendo entrar. Así que bueno. (Entrevista a Carolina, 28/04/2019).
(…) Los primeros tiempos la gente se inundaba… Las casas todavía no tenían techo, que entraba todo agua, y la calle se llenaba de agua. Y de a poco. Mi marido trabajó un montón, un montón, en la calle trayendo cascote, para la vereda. El patrón nos traía y lo tirábamos por la calle. Y así trabaja, hasta hoy trabaja. (Entrevista con Beatriz, 03/12/2019).
Nosotros hicimos toda la instalación, pero el tema de la luz no pasa. No tenemos pilar. (…) Parece como que estamos en la nada. Nosotros a pulmón, viste que la cuadra, dentro de todo, está mejorado. Si vos vas para aquel lado, hay una calle que parece una laguna (…) porque los vecinos en la cuadra aquella no se ponen… para aquel lado. Acá nosotros, a pulmón, nosotros empezamos a poner los postes ésos, las veredas las hicimos nosotros, las calles rellenamos nosotros… Allá hay un pedazo que falta, donde queremos hacer la vereda, pero ¿qué pasó? Por una cosa u otra no terminamos. No falta mucho, pero la arena se fué por el tema del agua. (…) Y nosotros fuimos los incursores, los que nos movimos en el tema de la vereda. Después empezaron a hacer los demás. Pero queremos terminar ahí porque ¿De qué te sirve caminar hasta ahí limpito y después, cuando hay barro, te embarrás todo? Pero todo es sacrificio, de a poquito, y así. (Entrevista con Javier, 16/04/2019)
En términos de Rodríguez et al. (2007), podemos definir Nueva Esperanza como el resultado de una modalidad colectiva de autoproducción del hábitat ya que es un barrio producido bajo iniciativa y control de las familias usuarias o destinatarias4.
Dentro de este proceso, identificamos, por un lado, las acciones colectivas del grupo que se reunió de manera informal y se organizó para llevar adelante la “toma” y la gestión de servicios e infraestructura del barrio y, por otro lado, la autoconstrucción de las viviendas o unidades domésticas. En general, según lo que fuimos observando, la autoconstrucción de las viviendas ocurrió bajo formas individuales, es decir, asumidas por las familias o unidades domésticas. En cambio, la “toma” y la gestión de servicios e infraestructura incluyó cierto nivel de organización y planificación colectiva que no se limitó a los componentes materiales compartidos del hábitat, sino que se extendió a la conformación de espacios de cuidado comunitarios y estrategias colectivas y de ayuda mutua para dar respuesta a diferentes problemas que emergen en el barrio.
“No hacemos política en el barrio”
Otra de las cuestiones que también emerge en los testimonios sobre la autoproducción del hábitat tiene que ver con justificar determinados modos de acceso a recursos a partir de las necesidades del barrio, entendiendo estas como una instancia superadora de las necesidades individuales. La idea de “aceptar todo lo que sirva a Nueva Esperanza” está muy presente en los relatos de les referentes, quienes, a su vez, dejan en claro que esas gestiones y prácticas orientadas a la búsqueda de nuevos recursos tienen siempre como trasfondo el interés colectivo. En algunos casos, es notorio el esfuerzo por diferenciarse de adscripciones políticas y de posibles acusaciones que les ubiquen en el lugar de moverse por intereses personales.
Carolina es argentina, hija de madre y padre paraguayos. Al momento de conocerla, junto con otras vecinas de Nueva Esperanza, llevaba adelante un merendero comunitario que abría tres veces por semana y recibía cerca de cincuenta niñes. En el fragmento de la entrevista que transcribimos a continuación, Carolina nos cuenta sobre los recursos que recibe para el merendero. Allí, ella plantea que acepta la mercadería en carácter de “ayuda” pero resalta que rechaza “condicionamientos”.
Porque yo doy la mercadería que me da este hombre que te decía (…) es del municipio también, de Desarrollo… Pero tiene un partido político. No sé bien como es el tema, pero bueno (…) Es así, él me pide agradecer y mostrar que la mercadería llega, como a mí me pasa. Para que no digan que se lo comió, ni nada por el estilo. Y me parece perfecto, mientras no me pida llenar un micro y hacer eso, yo estoy… Yo acepto todo tipo de ayuda, porque, obviamente, necesitamos. Pero si me dicen «llena un micro y llevá a la gente», no, no puedo hacerlo. Independientemente si estás en contra del gobierno y querés luchar contra eso, bueno, eso es decisión de cada uno. Pero si vos me ponés esa condición, no lo voy a aceptar. Me invitás y yo invito, voy ¿entendés? porque comparto tu opinión o tu idealismo, pero no que me vengan a poner eso de condición. Así vamos manejándonos, como te digo… (Entrevista a Carolina, 28/04/2019).
Noemí, sobre quien ya hablamos en apartados anteriores, se diferencia de Carolina. En su relato, se posiciona como referente, distanciándose de prácticas que podemos definir como asistenciales, ligadas a la alimentación para identificarse con la pelea por cuestiones más estructurales y por la consolidación del barrio. En su testimonio, aparecen nuevamente las madres —fundamentalmente, las madres que se encuentran solas con sus hijes— como elemento legitimador de determinadas prácticas o posiciones.
Mirá, ella un día vino y me dijo: —Noemí, mirá esto es para el barrio. ¿Querés sumarte? Y yo le dije: —Todo lo que sea para el barrio, bienvenido sea. Porque acá hay muchísimos chicos, y muchas mamás solteras también, que la reman solas y es difícil darle de comer a los chicos. Hay mamás que no trabajan, o sea, que comen en el comedor… (…) ‛Hagan, todo lo que está para el barrio, bienvenido. O sea, no me pueden pedir permiso a mí, el barrio es de ustedes’.
Y sí habrá venido gente así. ‛No, te traigo esto pero juntame un colectivo de gente’, no. No. (…) ‛¿Vos querés uno, dos, tres colectivos? Yo te lleno los colectivos, pero ¿qué me traes para el barrio? ¿Mercadería, una bolsa de mercadería? No’ A ver cosas coherentes: una mejora de calles, no sé, ayudame con el tema de los trámites para el agua, después hablamos con los vecinos. Los vecinos le ponés una mejora de calles y yo hablo. ‛Miren nos traen una mejora de calles, pero tenemos que ir a tal lado’, y los vecinos van a ir, porque la calle la necesitan, pero no me vengas acá con que una bolsa de mercadería, un aceite… ¡No! esas cosas no. No, políticas, no. Nosotros nunca hicimos política en el barrio ¿Quieren hacerla? Háganlo libre de hacer y de opinar y de estar en la agrupación que quieran. No se va a prohibir porque nunca se prohibió nada de eso. Pero a mí la política dejámela ahí. Yo quiero ver las cosas. Porque todo lo que nosotros luchamos acá y logramos, lo luchamos nosotros. Nadie nos dio nada. O sea, todo fué a pulmón, a sacrificios, a lucha (Entrevista a Noemí, 06/08/2019).
Como dijimos, Noemí lideró el proceso de la “toma” del barrio y ocupó un lugar central en las diferentes gestiones de servicios y negociaciones que desembocaron en la posibilidad de asentarse y permanecer en el barrio. En este sentido, son diferentes los recursos que a ambas les tocó gestionar/negociar/aceptar. Mientras que Carolina se mueve y relata cuestiones que giran alrededor del acceso de bolsones de alimentos, Noemí busca recursos (materiales o administrativos) orientados a la consolidación y las mejoras del barrio. Ahora bien, en ambos relatos emerge la alusión de ciertos límites que ellas ponen en las negociaciones de recursos, límites asociados a cierta moralización o expresión de juicios de valor que condenan “la política”. Ambas referentes expresan un rechazo de lo que llaman “la política”, diferenciándose de aquellas personas de las que reciben o podrían recibir potencialmente ciertos recursos.
Vale la pena aquí retomar la diferencia entre lo político y la política y enmarcar aquello que Noemí y Carolina rechazan como la política institucional y liberal ligada a la gestión de instituciones e implementación de mecanismos legitimados socialmente que permiten garantizar el orden y la gobernabilidad en beneficio de la reproducción del statu quo. Sin embargo, más allá del rechazo explícito a “la política”, relatan que aceptan “ayuda” e incluso, gestionan recursos provenientes del Estado en sus niveles, fundamentando esto a partir de las necesidades del barrio. Siguiendo a Auyero y Servián (2023), para quienes habitan contextos de precariedad e informalización urbana, la política es vista como un instrumento, como una oportunidad para resolver problemas y las llamadas “redes clientelares” no son relaciones unidireccionales en las que prevalece la manipulación de ciertos sectores pasivos, sino que son vividas como parte del repertorio de opciones o de recursos con los que cuentan estos barrios para dar respuesta a determinadas necesidades.
Recuperamos este planteo para poner el acento en el agenciamiento de las protagonistas de la tesis y resignificar la politicidad que está puesta en juego. Si bien en sus relatos, ellas cuestionan y se diferencian de “la política”, no es posible desconocer la dimensión de “lo político” que está presente en la lucha que emprendieron por la vivienda y en las diferentes acciones orientadas a sortear dificultades a partir de la organización colectiva en un contexto sumamente restrictivo y a pesar de ser construidas simbólicamente como “no merecedoras” del acceso a la vivienda y de la permanencia en la ciudad.
REFLEXIONES FINALES: SOBRE MERECER NUEVA ESPERANZA
Como contracara de los procesos de estigmatización territorial (Wacquant, 2007; Kessler, 2012), y la xenofobia que ubica a la demanda de las mujeres migrantes en clave de “abuso” y como “no merecedoras” de ciertos derechos, identificamos un relato orientado a legitimar el proceso de “toma” y la presencia de estas mujeres en el territorio.
En la lucha por acceder a una vivienda, el protagonismo de las mujeres en su rol de madres fue reivindicado y señalado como motivador, como aquello que daba sentido a la hazaña. Por otro lado, la épica de haber resistido a las dificultades de los primeros tiempos y el gran trabajo y esfuerzo orientado a transformar de manera colectiva ese espacio en habitable, haciendo prevalecer el bien común por sobre los intereses individuales también constituyen operaciones narrativas que buscan resistir a la estigmatización territorial y a la construcción simbólica de las familias que habitan Nueva Esperanza como “no merecedoras” de la ciudad.
Si para denominar la construcción simbólica de las jerarquías sociales en los distintos órdenes –de género, raciales, étnicos, de clase, nacional, etc.– utilizamos la noción de “violencias morales” (Segato, 2003), proponemos interpretar como “resistencias morales” a los esfuerzos dirigidos a subvertir lo que se piensa y lo que se dice sobre grupos e identidades históricamente alterizadas. Entendemos que estas resistencias morales se enmarcan en un proceso más amplio de lucha por el acceso a la vivienda y por mejores condiciones de vida en el marco de trayectorias migratorias de larga data, atravesadas por múltiples violencias previas y en la sociedad de destino. Frente a las violencias morales cuya función es construir alteridades negativizadas para justificar las desigualdades sociales, en los relatos sobre la “toma” y la llegada al barrio identificamos operaciones narrativas de resistencia, orientadas a resistir procesos de subalternización.
NOTAS
- 1. Decimos “toma” porque es el término utilizado por las mujeres entrevistadas para nombrar la primera etapa del proceso de autoproducción del hábitat. Sin embargo, sería adecuado reemplazarlo por el de “recuperación” y poner el acento en la organización de familias que recuperan lugares ociosos y acceder a un lugar para vivir. Es una estrategia que emerge como respuesta a un régimen de tenencia de la tierra injusto y desigual.
- 2. Segato (2003) las define como el “conjunto de mecanismos legitimados por la costumbre” invisibles y capilares, cuya función es la de garantizar el mantenimiento de los sistemas de estatus, es decir la reproducción de las jerarquías en los distintos órdenes –de género, raciales, étnicos-nacionales, de clase, etc–. (Segato, 2003, p. 107).
- 3. Las Mesas Territoriales son instancias de encuentros interactorales, en las que participan áreas municipales, vecinos, instituciones educativas, sanitarias y sociales de la zona, referentes barriales y organizaciones comunitarias. Cada mesa territorial funciona a partir de reuniones mensuales, rotativamente en las sedes de las instituciones que la componen. Se discute allá sobre problemáticas que afectan al sector delimitado como área programática que le corresponde a esa mesa.
- 4. En nuestro caso de estudio, hablamos de una modalidad colectiva de autoproducción del hábitat porque no se corresponde exactamente con lo que Rodríguez et al. (2007, p. 20) denominan “Producción Social del Hábitat (PSH)”. Si bien incluye cierto nivel de organización y planificación colectiva, el proceso que dio origen a Nueva Esperanza no está inscripto explícitamente “en una perspectiva política de transformación de las relaciones de poder”.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
- Auyero, J. y Servián, S. (2023). ¿Cómo hacen los pobres para sobrevivir? Siglo XXI
- Carman, M. (2006). La invención de la etnicidad y el desalojo de ocupantes ilegales en el barrio del Abasto de Buenos Aires. Intersecciones en Antropología, 7, 387-398.
- Clichevsky, N. (2000). Informalidad y segregación urbana en América Latina. Una aproximación. Serie medio ambiente y desarrollo, N° 28. Santiago de Chile: CEPAL-ECLAC.
- Fernandes, J. L. y Pinto, M. (2004). El espacio urbano como dispositivo de control social: territorios psicotrópicos y políticas de la ciudad. Monografias Humanitas, 5, 147-62.
- Gallinati, C. y Gavazzo, N. (2011). Nacionales y extranjeros frente al déficit habitacional: modalidades de acceso a la vivienda y lucha por la propiedad de la tierra en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Revista Temas de Antropología y Migración, 37–55.
- Herzer, H., Di Virgilio, M., Rodríguez, C. y Redondo, A. (2008). ¿Informalidad o informalidades? Hábitat popular e informalidades urbanas en áreas urbanas consolidadas. En H. Herzer (org.), Con el corazón mirando al sur. Transformaciones en el sur de la Ciudad de Buenos Aires (pp. 173-195). Espacio Editorial.
- Instituto Nacional de Estadística y Censos [INDEC]. (2010). Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010. Base de Datos REDATAM, Cuestionario Básico.
- Kessler, G. (2012). Las consecuencias de la estigmatización territorial. Reflexiones a partir de un caso particular. Espacios en blanco. Serie Indagaciones, 22(1), 165-198.
- Kornblit, A. L. (2007). Historias y relatos de vida: una herramienta clave en metodologías cualitativas. En A. L. Kornblit (Coord.), Metodologías cualitativas en ciencias sociales (pp. 9- 33). Editorial Biblos.
- Lindón, A. (2005). El mito de la casa propia y las formas de habitar. Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales. vol IX, 194(20).
- Magliano, M.J, Perissinotti, M. V. y Zenklusen, D. (2014). Estrategias en torno a las formas de apropiación y organización del espacio en un ‘barrio de migrantes’ de la ciudad de Córdoba. Revista Estudios Demográficos y Urbanos 3 (29), 513-539.
- Matossian, B. (2017). Cartografías matanceras: una aproximación geodemográfica al estudio de las migraciones. Trabajo presentado en las XII Jornadas de Sociología de la Universidad de Buenos Aires “Recorridos de una (in)disciplina. La Sociología a 60 años de la fundación de la carrera”.
- Matossian, B. y Abal, Y. S. (2019). Expansión urbana, configuración de «no centralidades» e informalidades. Una mirada sobre el caso de La Matanza. Quid 16, 12. 68-95.
- Melella, C. (2017). Prensa digital, espacio público y migraciones. Crónicas del chivo expiatorio. INTERIN, 22 (1), 149-167.
- Mera, G. (2017). Entre el mapa y el croquis: problematizando la segregación espacial de los migrantes paraguayos en la Ciudad de Buenos Aires. Rev Estudios Socioterritoriales, 22, 47-63.
- Rodríguez, M.C., Di Virgilio, M., Procupez, V., Vio, M., Ostuni, F., Mendoza, M. y Morales, B. (2007). Producción social del hábitat y políticas en el Área Metropolitana de Buenos Aires: historia con desencuentros. Buenos Aires: IIGG.
- Segato, R. (2003). Las estructuras elementales de la violencia. Universidad Nacional de Quilmes.
- Wacquant, L. (2007). Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y Estados. Siglo XXI.
Cuaderno Urbano es una publicación científica con arbitraje internacional dirigida a la difusión de artículos y ensayos que se ocupan de la cuestión urbana —en el sentido más amplio del término— desde las disciplinas científicas, combinando trabajos empíricos, teóricos y ensayísticos que den cuenta de problemáticas locales, regionales y universales. La intención de la publicación es favorecer y promover la generación de ensayos y artículos de jóvenes investigadores con las reglas de arbitraje científico, colaborando en la producción editorial de sus ideas, como también divulgar el aporte de científicos ya consagrados en su especialidad disciplinar.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional (CC BY-NC 4.0)
Cuaderno Urbano Nº44 | Año: 2026 | Vol. 44
Índice de Contenidos.
INDEXACIONES
ERIH PLUS, índice europeo de revistas académicas
CAICYT-CONICET, Nivel 1 (nivel superior de excelencia). Forma parte del Núcleo Básico de Revistas Científicas Argentinas.
SciELO, Scientific Electronic Library Online.
REDALYC, Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal.
LATINDEX, Sistema Regional de Información en Línea para Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal.
DIALNET, Portal de difusión de la producción científica hispana.
DOAJ Directory of Open Access Journal.
ARLA, Asociación de Revistas Latinoamericana de Arquitectura.
REDIB, Red Iberoamericana de Innovación y Conocimiento Científico.
___
CONTACTO
Comité Editorial: cuadernourbano@gmail.com
Equipo Técnico Revistas UNNE: revistas@unne.edu.ar
___

